Cuando la sexta mujer en apenas dieciocho meses me dijo que no quería volver a ver a mi padre, dejé de creer que todo fuera una simple coincidencia.
Mi padre tenía setenta años. Era un hombre educado, atento, económicamente estable y con un agradable sentido del humor. Nunca había fumado, apenas bebía una copa de vino de vez en cuando y todos los días salía a caminar.
Sin embargo, ninguna de las mujeres a las que invitaba a cenar quería tener una segunda cita con él.
Lo más extraño era que las seis citas habían tenido lugar en el mismo restaurante italiano.

Finalmente, decidí ir allí personalmente.
Cuando mencioné el nombre de mi padre al camarero, su sonrisa desapareció de inmediato.
—¿Es usted su hija? —preguntó con cautela.
Asentí.
El hombre miró alrededor del restaurante, que estaba casi vacío, se inclinó hacia mí y susurró:
—¿Entonces su padre nunca le ha contado lo que sucede realmente durante esas cenas?
En aquel instante comprendí que me había estado ocultando algo.
Y no tenía ni idea de cuánto cambiaría aquello mi forma de ver a mi propia familia.
Me llamo Clara y soy la única hija de Ricardo.
Mi madre murió cuatro años atrás, después de una larga enfermedad. Había compartido casi cuarenta años de matrimonio con mi padre, y siempre consideré que su relación era un ejemplo.
Eso no significa que nunca discutieran. Discutían por cosas insignificantes, como dejar las ventanas abiertas en invierno o poner demasiado alto el volumen del televisor. Pero incluso después de las peores discusiones, por la noche se sentaban juntos a tomar té.
Tras la muerte de mi madre, la vida de mi padre se detuvo por completo.
Dejó de viajar. Canceló su inscripción en el club de senderismo. A veces pasaba días enteros sin ver a nadie.
Al principio decidí darle espacio. Sabía que el duelo necesitaba tiempo.
Sin embargo, después de dos años empecé a temer que nunca lograra salir de aquella soledad.
Lo animaba a relacionarse con otras personas, visitar a sus amigos y buscar compañía.
Un día me anunció que había conocido a una mujer llamada Elena.
Era una enfermera jubilada que, como él, adoraba la jardinería.
—La he invitado a cenar el sábado —me dijo.
Casi lo abracé de alegría.
Cuando le pregunté adónde irían, respondió:
—Al restaurante La Rosa.
Conocía aquel lugar. Estaba situado en una calle tranquila, cerca del centro, y tenía una pequeña terraza con una fuente.
Mis padres solían ir allí en ocasiones especiales.
El sábado por la noche, mi padre regresó a casa satisfecho. Me contó que Elena era amable, sonriente y muy interesante.
Pero ella nunca volvió a llamarlo.
Él no quiso hablar del asunto.
Meses después conoció a otra mujer. Luego llegó una tercera, una cuarta y una quinta.
A todas las llevó a La Rosa.
Y todas dejaron de comunicarse con él después de una sola cena.
Cuando ocurrió por sexta vez, empecé a preguntarme si mi padre era realmente consciente de cómo se comportaba durante aquellos encuentros.
La última mujer se llamaba Ivana.
A diferencia de las anteriores, yo la conocía personalmente. La había visto en la celebración del cumpleaños de un vecino de mi padre.
Era simpática, inteligente y muy sincera.
Unos días después de su cita, decidí llamarla.
—Ivana, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Ocurrió algo desagradable durante la cena con mi padre?
Al otro lado del teléfono se hizo el silencio.
—Su padre es un hombre muy particular —respondió finalmente.
—¿En qué sentido?
—Es amable y considerado. Pero creo que necesita una ayuda que yo no puedo ofrecerle.
—¿Le dijo algo inapropiado?
—No. Todo lo contrario.
Respiró profundamente.
—Clara, no quiero contarle algo que debería explicarle él mismo. Solo voy a darle un consejo: pregunte en el restaurante por la mesa número siete.
Después terminó la llamada.
Sus palabras no me dejaron dormir aquella noche.
Al día siguiente fui a La Rosa.
Era poco después del mediodía y el restaurante estaba casi vacío.
Me recibió un camarero mayor, de cabello entrecano.
—Buenos días. Estoy buscando a alguien que conozca a Ricardo.
El hombre prestó atención de inmediato.
—¿Al señor Ricardo? ¿Está todo bien?
—Sí. Soy su hija.
Se quedó inmóvil durante un instante.
Después me condujo hasta una pequeña mesa junto a la ventana.
En una placa metálica estaba grabado el número siete.
—Aquí se sienta siempre —me explicó.
Miré a mi alrededor.
La mesa parecía completamente normal. Dos sillas, un mantel blanco, un pequeño florero y vistas al jardín.
—¿Qué sucede aquí? —pregunté.
El camarero se sentó frente a mí.
—Primero tengo que enseñarle algo.
Desapareció detrás de la barra y regresó poco después con un sobre marrón.
Lo dejó delante de mí.
Dentro había una fotografía antigua.
En ella aparecían mis padres, mucho más jóvenes. Mi madre llevaba un vestido azul y mi padre la abrazaba por los hombros.
Detrás de ellos se distinguía la ventana del restaurante.
Reconocí la fotografía. La habían tomado durante su trigésimo aniversario de boda.
—¿De dónde ha sacado esto?
—Su padre nos la trajo hace algunos años. Nos pidió que la guardáramos.
No comprendía nada.
—¿Para qué?
El camarero señaló la silla vacía que había a mi lado.
—Porque aquí se sentaba su madre.
—Eso ya lo sé.
—Pero lo que no sabe es lo que hace su padre cuando trae a otra mujer.
Contuve la respiración.
—Después del primer plato, nos pide que llevemos esta fotografía a la mesa. La coloca delante de él y empieza a hablar de su esposa.
—Eso no tiene nada de malo.
—Por supuesto que no. El problema es que no se detiene.
El camarero bajó la mirada.
—A veces habla durante casi una hora. Cuenta cómo se conocieron, qué flores le gustaban, cómo se reía y qué decía cuando estaba enfadada. Y al final siempre hace la misma pregunta a la mujer que lo acompaña.
—¿Qué pregunta?
El hombre vaciló unos segundos.
—Le pregunta si cree que podría ser una esposa tan buena como lo fue su madre.
Sentí que me faltaba el aire.
De pronto comprendí por qué ninguna de aquellas seis mujeres había querido volver.
No las habían invitado a una cita normal.
Las habían invitado a ser comparadas con alguien a quien nunca podrían conocer ni reemplazar.
—¿Y cómo reaccionan? —pregunté en voz baja.
—De distintas maneras. Algunas intentan cambiar de tema. Otras le explican que desean ser ellas mismas. La última señora incluso le dijo algo muy importante.
—¿Qué le dijo?
—Que él no estaba buscando una nueva esposa. Estaba intentando encontrar la manera de recuperar a la mujer que había perdido.
De camino a casa, no dejé de pensar en lo que debía decirle a mi padre.
Una parte de mí estaba enfadada.
No porque siguiera amando a mi madre. Eso lo entendía perfectamente.
Me molestaba que involucrara en su dolor a mujeres que llegaban con sus propias esperanzas, inseguridades y deseos de encontrar compañía.
Pero al mismo tiempo empecé a darme cuenta de que quizá yo también había contribuido a aquella situación.
¿Cuántas veces le había dicho que debía conocer a alguien?
¿Cuántas veces le había recordado que mamá seguramente no habría querido verlo solo?
Nunca le había preguntado directamente si él deseaba realmente empezar otra relación.
Aquella noche fui a visitarlo.
Estaba sentado en el salón, reparando una radio antigua.
—Papá, tenemos que hablar.
Me miró.
—Eso suena serio.
—He estado en La Rosa.
Se quedó inmóvil.
—Hablé con el camarero. Me enseñó la fotografía de mamá.
Mi padre dejó el destornillador.
Durante un largo rato no dijo nada.
—Así que ya lo sabes —murmuró finalmente.
Me senté a su lado.
—¿Por qué les preguntas a esas mujeres si podrían ser como mamá?
Se pasó una mano por la cara.
—Porque no sé cómo empezar de otra manera.
—¿Qué quieres decir?
—Pasé la mayor parte de mi vida con tu madre. Sabía lo que le gustaba, lo que le daba miedo y lo que la hacía reír. Cuando alguien me dice que debería conocer a otra mujer, ni siquiera sé qué estoy buscando.
Hizo una pausa.
—Así que busco algo familiar.
—Pero ninguna de esas mujeres es mamá.
—Lo sé.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Con la cabeza lo entiendo. Pero cuando estoy sentado allí, siento que, si encuentro a alguien lo suficientemente parecido a ella, podré recuperar al menos una pequeña parte de la vida que perdí.
Por primera vez comprendí lo profundamente que seguía escondido su dolor.
—Papá, ¿por qué nunca me dijiste que no estabas preparado?
Sonrió con amargura.
—Porque te pusiste tan contenta cuando empecé a salir con mujeres… No quería decepcionarte.
Aquella respuesta me dolió más que cualquier otra cosa.
Durante dieciocho meses, ambos habíamos fingido que estábamos avanzando.
Yo quería ver feliz a mi padre.
Él quería ver tranquila a su hija.
Y entre nosotros permanecía un dolor del que ninguno se atrevía a hablar.
Durante las semanas siguientes empezamos a pasar más tiempo juntos.
Dejé de intentar organizarle citas. En lugar de eso, cocinábamos, salíamos a caminar y algunas tardes mirábamos viejos álbumes familiares.
Un día, él mismo propuso acudir a un grupo de apoyo para personas que habían perdido a sus parejas.
Me confesó que estaba cansado de fingir que todo iba bien.
Poco a poco retomó el contacto con algunos viejos amigos. Regresó al club de senderismo y empezó a colaborar en el mantenimiento de un huerto comunitario.
Una tarde incluso me contó que allí había conocido a una mujer encantadora.
Se llamaba Ana.
—¿Vas a invitarla a cenar? —pregunté sonriendo.
—Quizá algún día. Por ahora solo regamos los tomates juntos.
Los dos nos echamos a reír.
Fue la primera vez en mucho tiempo que escuché a mi padre hablar de otra mujer sin sentir la necesidad de mencionar a mamá.
Unos meses más tarde me invitó a cenar.
Había elegido La Rosa.
Reconozco que estaba nerviosa.
Cuando llegamos, el camarero intentó acompañarnos hasta la mesa número siete.
Sin embargo, mi padre lo detuvo.
—Hoy nos gustaría sentarnos en otro sitio.
El camarero sonrió sorprendido y nos ofreció una mesa en la terraza.
Durante la cena hablamos del trabajo, de viajes y de cosas cotidianas.
No fue hasta el postre cuando mi padre mencionó a mamá.
—¿Sabes de qué me he dado cuenta últimamente? —preguntó.
—¿De qué?
—De que pasé tanto tiempo intentando conservar nuestra vida exactamente como era que olvidé vivir la mía.
Lo miré en silencio.
—¿Crees que mamá estaría orgullosa de ti?
Sonrió.
—Creo que me regañaría por haber perdido tanto tiempo.
Después soltó una carcajada.
Y yo me reí con él.
Hoy comprendo que la soledad no se cura simplemente presentándole a alguien una nueva pareja.
Después de perder al compañero de toda una vida, cada persona necesita encontrar su propio camino. Algunos, con el tiempo, desean volver a enamorarse. Otros encuentran suficiente felicidad en la amistad, la familia o una vida tranquila sin una relación sentimental.
Mi padre no necesitaba conocer a seis mujeres para descubrir que echaba de menos a mamá.
Necesitaba a alguien que le permitiera reconocer que seguía llorando su ausencia, sin presionarlo para reemplazarla.
Y aquellas seis citas fallidas también me enseñaron otra lección importante.
Toda persona que llega a nuestra vida merece ser conocida por quien realmente es. Nadie debería tener que competir con un recuerdo que jamás podrá cambiar.
Mi padre finalmente dejó de buscar a una mujer que se pareciera a mamá.
Y fue precisamente entonces cuando empezó a disfrutar otra vez de los días más sencillos.
No porque hubiera olvidado a su esposa.
Sino porque finalmente comprendió que seguir viviendo no significa traicionar el pasado.
A veces, la mayor demostración de amor hacia alguien que ya no está consiste precisamente en encontrar el valor para continuar viviendo.